John Rawls. El libro de filosofía política más influyente del siglo XX. Rawls propone una teoría de la justicia como imparcialidad (justice as fairness): los principios de una sociedad justa son los que elegirían agentes racionales situados tras un «velo de ignorancia» que les impide saber qué posición ocuparán en ella. De ese procedimiento derivan dos principios: primero, cada persona debe tener un sistema pleno de libertades básicas iguales; segundo, las desigualdades socioeconómicas solo se justifican si benefician a los miembros menos aventajados (principio de diferencia). Rawls revivió el contractualismo kantiano como alternativa al utilitarismo y al libertarismo, definió el debate de la filosofía política durante los cincuenta años siguientes y proporcionó la fundamentación filosófica del Estado social liberal que Nozick atacará desde posiciones libertarias.
John Rawls
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Rawls llama explícitamente «kantiana» a su teoría: el velo de ignorancia es un dispositivo para replicar las condiciones de imparcialidad del imperativo categórico; los principios de justicia son los que agentes racionales elegirían abstrayendo sus contingencias particulares, tal como exige la moralidad kantiana.
Rawls adopta la primacía de la libertad negativa de Berlin —el primer principio de justicia garantiza un sistema pleno de libertades básicas iguales— antes de añadir el principio de diferencia como condición de equidad.
Rawls reconoce explícitamente la deuda con Kant: el «velo de ignorancia» es un procedimiento para replicar la imparcialidad del imperativo categórico. Los principios de justicia son los que agentes racionales elegirían abstrayendo sus contingencias particulares, tal como la moral kantiana exige abstraer las inclinaciones empíricas.
Influyó en
Piketty cita a Rawls como la referencia normativa de su argumento: el principio de diferencia rawlsiano —las desigualdades son justas solo si benefician a los peor situados— es el criterio con el que mide si las desigualdades de capital documentadas históricamente son o no aceptables. La respuesta empírica de Piketty es que no lo son: la riqueza patrimonial no «gotea» hacia abajo sino que se concentra.
El Liberalismo Político es la autocorrección de la Teoría de la Justicia: Rawls admite que presentó la justicia como equidad como si fuera parte de una doctrina moral comprehensiva de tipo kantiano, cuando en realidad debe ser una concepción política que puede ser afirmada por ciudadanos con doctrinas comprehensivas muy distintas. El cambio no abandona los principios de justicia sino el modo de fundamentarlos.
Sen desarrolla el enfoque de capacidades en diálogo con Rawls: mientras Rawls distribuye «bienes primarios» (ingresos, libertades, oportunidades), Sen argumenta que las personas difieren enormemente en su capacidad de convertir bienes primarios en libertades reales —una persona con discapacidad necesita más recursos que una sin ella para alcanzar la misma capacidad de movilidad. El principio de diferencia rawlsiano es insuficiente si no se atiende a esta heterogeneidad.
Responde a
Rawls argumenta que el utilitarismo de Mill no puede dar cuenta de la justicia: maximizar el bienestar agregado puede requerir sacrificar los derechos de minorías; la justicia exige principios que no sean susceptibles de ser superados por consideraciones de utilidad.
Rawls responde directamente a Hayek: acepta que la libertad es prioritaria, pero argumenta que la teoría hayekiana de la justicia como proceso —lo que resulta de transacciones libres es justo sea cual sea el resultado— ignora que la distribución inicial de capacidades y oportunidades es moralmente arbitraria.
Rawls abre la Teoría de la Justicia atacando al utilitarismo de Mill: agregar bienestar entre individuos trata a las personas como si fueran una sola; el principio de diferencia rawlsiano garantiza que las desigualdades no pueden justificarse con el bienestar del conjunto a costa de los peor situados.
Recibe respuesta de
Nozick abre el libro con «Los individuos tienen derechos...» como respuesta directa al velo de ignorancia de Rawls: el procedimiento rawlsiano ignora que las personas son separadas, no intercambiables, y que cualquier redistribución viola sus derechos de titularidad independientemente de su justificación igualitaria.
MacIntyre trata la Teoría de la Justicia como la expresión más sofisticada del fracaso ilustrado: el «yo no gravado» de Rawls es exactamente el sujeto moral desarraigado cuya incoherencia diagnostica Tras la Virtud. La justicia rawlsiana presupone un yo que no existe fuera de sus prácticas y tradiciones constitutivas.
Sandel escribe el libro como respuesta directa y exhaustiva a Rawls: analiza la concepción del yo, la teoría del bien, los principios de justicia y el argumento del velo de ignorancia, mostrando en cada caso que el liberalismo deontológico presupone subrepticiamente la concepción del bien que dice no necesitar.
Habermas y Rawls mantuvieron un diálogo explícito en los noventa. Habermas critica a Rawls por ser demasiado «monológico»: el velo de ignorancia es un experimento mental individual, no un proceso real de deliberación; la legitimidad democrática requiere procedimientos discursivos efectivos, no la simulación individual de la imparcialidad.
Scruton critica la filosofía política de Rawls como el paradigma del pensamiento liberal desencarnado: el «velo de ignorancia» elimina todo lo que hace que los seres humanos sean quienes son —su historia, su cultura, sus compromisos— y produce principios que nadie habría elegido desde dentro de una comunidad real. La justicia rawlsiana es justa para nadie en particular.
Walzer critica el «bien primario» rawlsiano como abstracción que homogeneiza bienes con significados sociales radicalmente distintos. El velo de ignorancia rawlsiano produce principios para seres sin historia ni comunidad; la justicia walzeriana parte de los significados concretos que los bienes tienen en comunidades reales. La igualdad compleja no es la igualdad de recursos rawlsiana sino la no-tiranía: que ningún bien domine todas las esferas.
El republicanismo de Pettit es una alternativa al liberalismo igualitario de Rawls: donde Rawls fundamenta la justicia en principios elegidos tras el velo de ignorancia, Pettit la funda en la no-dominación como bien político básico. El principio de diferencia rawlsiano puede ser compatible con situaciones de dominación —el esclavo bien tratado puede superar el test del velo—; la no-dominación exige además que las condiciones de la relación sean igualitarias.