Aletheia
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Cuadernos de la Cárcel

1929

Antonio Gramsci (escritos entre 1929 y 1935 en prisión, publicados póstumamente). Desarrollo del concepto de hegemonía cultural: el dominio burgués no se sostiene solo por la coerción (Estado-fuerza) sino por el consentimiento manufacturado a través de la sociedad civil —escuelas, iglesias, medios, partidos—. El «intelectual orgánico» de cada clase produce y difunde la ideología que legitima su dominio. La estrategia socialista debe librar la «guerra de posiciones» cultural antes de poder disputar el poder político: no basta tomar el Estado, hay que transformar la hegemonía.

Antonio Gramsci

Linaje intelectual

Fue influenciado por

Gramsci trabaja desde el materialismo histórico de El Capital pero lo extiende hacia una teoría de la superestructura ideológica mucho más elaborada: si Marx analizó la base económica, Gramsci analiza la superestructura hegemónica que la reproduce.

Gramsci leyó a Nietzsche y reconoció que el análisis de la genealogía de los valores —la hegemonía cultural como producción y naturalización de valores que benefician a las clases dominantes— era compatible con el marxismo, aunque Nietzsche lo hubiera desarrollado en dirección opuesta.

Responde a

La estrategia de la «guerra de posiciones» de Gramsci corrige el determinismo del Manifiesto: la revolución no es inevitable por la lógica de las contradicciones económicas; requiere un trabajo previo de construcción de hegemonía cultural que el Manifiesto no contempló.

Gramsci dedica varios cuadernos a Mosca y Pareto, reconociendo su agudeza descriptiva pero rechazando su determinismo: si la clase dirigente gobierna siempre, no es por una ley natural sino por su capacidad de construir hegemonía —consenso activo— en la sociedad civil. La teoría gramsciana de la hegemonía es la respuesta marxista a la teoría elitista: el dominio de clase no es solo coercitivo (fuerza) sino principalmente cultural (consenso), y por eso puede ser contestado.

Gramsci critica el irracionalismo de Pareto: reducir las ideologías a «derivaciones» de impulsos no-lógicos imposibilita toda política emancipatoria. Si las ideas no tienen eficacia causal propia, la educación y la organización intelectual del proletariado son inútiles. El concepto gramsciano del «intelectual orgánico» es una respuesta directa: los intelectuales no son meros racionalizadores de residuos sino actores que construyen o desafían el bloque histórico dominante.