Existen hechos morales objetivos que no dependen de las creencias o actitudes de individuos o culturas.
Atributos
Aristóteles. El tratado de ética más influyente de la historia occidental: la eudaimonia (florecimiento humano, vida buena) como el fin último al que todas las acciones se orientan. La virtud como hábito adquirido por práctica, situado en el término medio entre dos extremos viciosos: la valentía entre la cobardía y la temeridad, la generosidad entre la avaricia y el derroche. La prudencia (phronesis) como la virtud intelectual que dirige la acción moral concreta hacia el bien en cada situación particular. La amistad (philia) como condición de la vida política plena; la felicidad del individuo y la de la polis son inseparables. La ética aristotélica no pregunta qué reglas debemos seguir sino qué tipo de persona debemos llegar a ser; es la fundación de la tradición de la ética de la virtud que Tomás de Aquino asimilará al cristianismo medieval y MacIntyre propondrá rehabilitar en el siglo XX frente al fracaso de los proyectos éticos modernos.
Immanuel Kant. La obra más breve y más influyente de la ética moderna: la fundamentación de la moralidad en la razón pura práctica, con independencia de toda experiencia o consecuencia. El imperativo categórico en sus tres formulaciones principales: obra siempre según aquella máxima que puedas querer que se convierta en ley universal; trata a la humanidad —en ti y en cualquier otro— siempre como fin y nunca solo como medio; actúa como legislador en un reino de fines. La autonomía de la voluntad —darse la ley a sí mismo por razón— como la única fuente genuina de valor moral: actuar por deber, no por inclinación ni por consecuencias. Rawls construirá el «velo de ignorancia» como dispositivo para replicar en condiciones procedimentales la imparcialidad del imperativo categórico; MacIntyre atacará este proyecto como otra instancia del fracaso ilustrado de fundar la ética sin una concepción sustantiva del bien humano.
John Stuart Mill. El refinamiento más elegante del utilitarismo benthamiano: Mill rescata el principio de la mayor felicidad de las objeciones más obvias introduciendo la distinción cualitativa entre placeres. No solo importa la cantidad de placer sino su calidad: «es mejor ser Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho». La felicidad como fin del utilitarismo no es el placer bruto sino el conjunto de satisfacciones disponibles para un ser de capacidades desarrolladas. En la última sección, Mill ofrece una teoría de la justicia como una parte del bien general especialmente protegida por sentimientos de seguridad, distinguiendo entre las obligaciones perfectas (de justicia) y las imperfectas (de benevolencia). Rawls atacará precisamente este texto como la expresión más refinada del error utilitarista: agregar bienestar entre individuos trata a las personas como si fueran un solo sujeto e ignora que son seres separados con vidas propias.
Alasdair MacIntyre. La crítica más influyente del liberalismo moral moderno: el proyecto ilustrado de fundar la ética en la razón universal fracasó, y su fracaso explica el carácter interminable de los debates morales contemporáneos —cada parte tiene razones válidas desde sus premisas, pero no hay criterio racional compartido para resolver los conflictos entre premisas. El diagnóstico: tras la Ilustración, hemos conservado los fragmentos del vocabulario moral aristotélico (virtud, deber, bien) pero los hemos arrancado del contexto —las prácticas, las tradiciones, la teleología— que les daba sentido. La única salida es el retorno a Aristóteles: las virtudes como disposiciones que permiten alcanzar los bienes internos a las prácticas; la vida humana como narrativa unificada con un telos. MacIntyre no es un conservador nostálgico: su propuesta es que las comunidades locales sean los nuevos «monasterios» donde se preservan las tradiciones intelectuales y morales mientras la cultura circundante —liberal, emotivista— se desintegra.
Ayn Rand. La novela más vendida de la filosofía política del siglo XX: el discurso de John Galt —sesenta páginas de manifiesto filosófico insertadas en la ficción— es la exposición más completa del Objetivismo. La razón es el absoluto; el individuo que vive por su propia mente y su propio trabajo es el motor de la historia; el altruismo —la doctrina que exige sacrificar el propio valor por los demás— es el instrumento ideológico con que los incompetentes expropian a los productores. La trama dramatiza las consecuencias de dejar que el colectivismo gobierne la economía: los industriales, científicos y artistas deciden desaparecer —«huelga de la mente»— dejando colapsar el mundo construido sobre sus capacidades. Rand sintetiza la defensa del capitalismo laissez-faire con una ética completamente secularizada, fundamentada en la racionalidad del individuo productivo y no en la tradición ni en la religión. Obra que introdujo el Objetivismo en la cultura popular y que sigue siendo la principal fuente de identidad filosófica del libertarismo de derecha anglosajón.