La transformación revolucionaria es condición necesaria de la emancipación del proletariado; el reformismo gradual solo consolida la dominación del capital al legitimarla.
Rosa Luxemburg respondió en Reforma o Revolución (1900) al argumento de Bernstein con una distinción fundamental: el reformismo no es una vía más lenta al mismo destino sino un camino diferente que lleva a consolidar el capitalismo, no a superarlo. El Manifiesto Comunista estableció que la emancipación del proletariado requiere la conquista del poder político, no la negociación dentro de las reglas del poder burgués. La historia del siglo XX muestra que cada reforma estructural —nacionalizaciones, sindicatos, Estado del bienestar— ha sido reversible en cuanto las correlaciones de fuerza cambiaron: ninguna reforma sobrevive a una derrota política decisiva del movimiento obrero.
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