El piloto de cuatro días laborales llevado a cabo en el Reino Unido en 2022 con 61 empresas y 2.900 trabajadores concluyó que la productividad se mantuvo o mejoró en el 92% de los casos. Islandia, Japón y Portugal han ejecutado programas similares con resultados parecidos. En España, el Gobierno pactó con Yolanda Díaz el inicio de un programa piloto en 2023, aunque su alcance ha sido limitado.
La jornada de 40 horas semanales no es una ley natural. Es un acuerdo histórico alcanzado a principios del siglo XX tras décadas de conflicto sindical. La productividad por hora ha aumentado considerablemente desde entonces; la discusión es si ese incremento debería traducirse en mas salario, en menos horas, o en ambas cosas.
La critica mas extendida es que la medida no es universal. Los sectores de servicios presenciales, hostelería, logística o sanidad no pueden reducir horas sin reducir también la oferta de servicio o contratar mas personal, lo que encarece el coste laboral. El piloto funciona bien en oficinas; la generalización plantea problemas distintos.
Hay también una dimension demográfica: una jornada mas corta puede facilitar la conciliación y, en consecuencia, mejorar la tasa de natalidad. O puede no mover la aguja porque el problema de fondo no es el tiempo libre sino la economía del cuidado y el precio de la vivienda.
El debate de fondo no es solo económico. Es sobre cómo distribuye una sociedad el tiempo entre producción, cuidado, ocio y ciudadanía activa.
. Es el resultado de una negociación histórica en un contexto de industrialización masiva, cuando el problema era limitar la explotación en las fábricas.
Las condiciones han cambiado. La productividad por hora trabajada ha crecido de forma sostenida durante décadas. Esa ganancia se ha traducido casi íntegramente en beneficios empresariales y en salarios reales que no han crecido al mismo ritmo. La jornada se ha mantenido igual o ha crecido en términos reales si sumamos trabajo informal, disponibilidad digital y horas no retribuidas.
Cuatro días no es capricho ni experimento. Es la pregunta correcta: si producimos mas por hora que hace cincuenta años, por qué seguimos trabajando el mismo número de horas? La respuesta no es económica, es política.
El dato de que es real, pero el sesgo de selección del piloto es enorme.
Las 61 empresas que participaron en el piloto británico se apuntaron voluntariamente: son empresas con cultura organizativa orientada a resultados, con puestos de trabajo que pueden desempeñarse de forma flexible, y con liderazgos dispuestos a experimentar. No representan al tejido productivo español, donde abundan la hostelería, el comercio, la manufactura y los cuidados.
El dato dice que la productividad se mantuvo en esas empresas en esas condiciones. No dice que vaya a mantenerse en todas las empresas en todas las condiciones. Generalizar sin ese matiz es un error metodológico que puede producir una política con consecuencias muy distintas a las previstas.
La crítica de que es el punto que el debate suele ignorar porque es políticamente incomodo.
Cuando hablamos de semana de cuatro días, estamos hablando de un beneficio que se concentra en empleos de oficina, tecnología y servicios que pueden desempeñarse en remoto o con flexibilidad horaria. Son los trabajos que ya gozan de mejores condiciones laborales, mayor autonomía y sueldos mas altos.
El trabajador de la nave logística, el enfermero de turno de noche, el cocinero de cocina industrial: para ellos, cuatro días significa o menos servicio o mas contratos parciales que dividen la misma carga entre mas personas a menor coste por trabajador. La reforma beneficia a los que ya tienen mas ventajas y no llega a quienes mas la necesitan.