En el pico de la pandemia, los ERTE (Expedientes de Regulación Temporal de Empleo) cubrieron a 3,5 millones de trabajadores en España, el mecanismo de protección laboral mas amplio activado en la historia reciente del país. El coste fiscal de las medidas de emergencia económica superó los 35.000 millones de euros solo en 2020. La comparación con la crisis de 2008 es directa: entonces España destruyó 3,5 millones de puestos de trabajo en cuatro años; en 2020-2021 la destrucción neta fue marginal.
Pero el balance tiene otra cara. La deuda pública española pasó del 95% al 113% del PIB entre 2019 y 2023. Los fondos Next Generation EU asignaron a España 163.000 millones de euros, de los que aproximadamente el 40% se había ejecutado en los tres primeros años. El Banco Central Europeo, que había mantenido los tipos al 0% desde 2016, los subió diez veces entre julio de 2022 y septiembre de 2023, hasta el 4,5%. La inflación española alcanzó el 10,8% en julio de 2022, el pico mas alto en cuarenta años.
El debate central es de causalidad. Los defensores del estímulo señalan que la inflación fue exógena: la crisis de suministros global, el shock energético derivado de la guerra en Ucrania y los cuellos de botella en la cadena logística explican el pico inflacionario mejor que el exceso de demanda interna. Los criticos responden que el estímulo fiscal masivo amplificó esos shocks: con la demanda sostenida artificialmente, los mismos shocks de oferta produjeron mas inflación de la que habrían generado en un contexto de menor gasto público.
La critica austriaca añade una dimension diferente: los ERTE no solo costaron dinero, sino que mantuvieron en funcionamiento empresas que no habrían sobrevivido sin apoyo. El estímulo retrasó la destrucción creativa necesaria para liberar recursos hacia usos mas productivos, sembrando el tejido productivo con empresas zombi y deuda privada no saneada.
El debate de fondo no es coyuntural. Es sobre si la política fiscal puede actuar como estabilizador automático en crisis sistémicas sin generar distorsiones cuyo coste supere el beneficio del estímulo original.
Cuando el debate dice que , da la cifra sin el contrafactual relevante: en la crisis de 2008, España tardó tres años en empezar a recuperar empleo y siete en recuperar el nivel previo. En 2020-2021 la recuperación fue la mas rápida de la historia reciente española.
El ERTE no es gasto gratuito: es un seguro de empleo temporal que evita la destrucción de la coordinación entre trabajador y empresa. Cuando la actividad se recupera, el trabajador vuelve a su puesto sin coste de búsqueda, sin depreciación de capital humano, sin la desconexión psicológica del paro prolongado. El coste fiscal del ERTE es real; el coste del paro prolongado y la destrucción de tejido productivo también lo es, y en 2008-2013 resultó ser mayor.
La objeción sobre la zombificación confunde el mecanismo con el problema. Los ERTE no crearon empresas zombi: cubrieron a empresas con demanda temporalmente suspendida por una crisis exógena. Las que no recuperaron actividad los terminaron. Lo que no existía en 2008 era el mecanismo de entrada; por eso la destrucción de empleo fue masiva.
El análisis keynesiano de los ERTE oculta un problema que la teoría austriaca del ciclo económico predice con precisión: , sembrando el tejido productivo con empresas cuya deuda privada tampoco se saneó.
Cuando el tipo de interés se mantiene artificialmente al cero durante seis años y el Estado cubre las pérdidas operativas de cualquier empresa que no cierre, se desincentiva el ajuste que transforma una economía después de un shock. Las empresas que habrían liberado capital, trabajadores y conocimiento hacia usos mas productivos siguieron operando con soporte artificial. El resultado es una economía que ha evitado el dolor a corto plazo pero ha reducido su capacidad de crecimiento estructural.
La inflación de 2022 no fue solo un shock exógeno: fue el resultado previsible de haber expandido el dinero en circulación sin respaldo en producción real durante dos años. La Reserva Federal y el BCE llegaron tarde porque su marco teórico no tenía herramientas para anticipar inflación en un contexto de bajo crecimiento previo.
es el dato que resume el error de política de ese ciclo. Pero el error no fue el estímulo en sí: fue la mezcla incorrecta de instrumentos.
El manual monetarista desde los años sesenta es claro: la política monetaria es el instrumento correcto para estabilizar el ciclo; la política fiscal tiene rezagos de implementación demasiado largos para ser anticíclica en la práctica. El BCE subió tipos en julio de 2022, cuando la inflación ya llevaba un año acelerándose. Una reacción en el otoño de 2021 habría reducido significativamente el pico.
El NGEU es un caso diferente: es inversión estructural con horizonte de diez años, no estímulo anticíclico de corto plazo. Tiene sentido como política de desarrollo; no como herramienta de estabilización del ciclo. Mezclar las dos funciones en el mismo debate oscurece tanto el diagnóstico como la prescripción: una economía puede necesitar al mismo tiempo política monetaria restrictiva e inversión estructural activa, y no son contradictorias si se separan con claridad.
KeynesianismoEl Keynesianismo no defiende el gasto público como fin en sí mismo: defiende la intervención fiscal como mecanismo de estabilización cuando los mercados privados fallan en coordinar la actividad económica. La Teoría General fue escrita para esa situación exacta: cuando la demanda privada colapsa, es la única forma de evitar que el equilibrio se establezca en un nivel de desempleo masivo y persistente.
Los ERTE son la aplicación directa de ese principio: en lugar de esperar a que el mercado de trabajo se ajuste destruyendo empleo y obligando a empresas y trabajadores a reconectarse meses o años después, el Estado actúa como asegurador temporal que mantiene esa coordinación a través del shock. El coste fiscal es el precio del seguro; el contrafactual es la descoordinación masiva de 2008-2012.
La critica sobre la zombificación aplica mal la lógica de la destrucción creativa. Schumpeter hablaba de destrucción causada por innovación: nuevas empresas con modelos mas eficientes desplazan a las antiguas. La pandemia no fue innovación: fue un cierre administrativo externo. Preservar empresas viables durante un cierre forzado no es proteger ineficiencias; es evitar que la cirugía mate al paciente.